sábado, 5 de enero de 2013

Sátira 95


Desde esta fortaleza,
que está por encima de todos ellos,
veo acercarse un rebaño
con pezuñas de cerdo ibérico;
se lo comen todo a su paso,
sean niños o tiernos tallos,
estopa podrida o pequeños retazos
que pobres gentes han ido dejando.

Se regocijan en ciénagas de llantosque han horadado los campos,
esos que fueron adolescentes
llorando a la muerte y el desencanto.

Lo mismo les da pisarte que morderte,pues no tienen paladar ni sienten.
Lo mismo les da que huyas o que te quedes
pues no saben de amor ni entienden.

Son del color de la rosa, rosadospara parecer ínfimos y delicados,
y luego clavarte su rabo sacacorchos
en el latiente rojo interno del pecho.

El puente elevado de nuestro castillo
los deja a la espera al borde del foso
donde viven las fieras de nuestra consciencia,
creadas para salvar el orgullo, el honor, el amor.

Desde esta fortaleza,
torre tú y torre yo,
hemos lanzado las flechas
que sin llegar a matar
han ofendido a los cerdos
que nos quieren devorar.
Nos quieren para su alimento,
para endulzar la amargura
que les corroe por dentro,
para que por sus tripas corra
lo que no les corre por puercos.

Y encima son tan absurdosque de su carne grasienta
aprovechan hasta lo que no es suyo,
sin apenas darse cuenta
de que viven porque nosotros vivimos,
corren porque tienen que alcanzarnos,
piensan, sin en algún momento piensan,
porque ya hemos actuado.

Ahí los tienes,apuntando con su hedor fétido
a nuestras almenas,
creyendo que bajaremos el puente
y entrarán por las buenas.



Pintura de Heidi Taillefer, Montreal (Canadá)



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