domingo, 4 de agosto de 2013

CARTA PARA UN AMIGO

   Puso precio a la mañana una tarde de abril, junto al surtidor de penas, donde las palomas. A menudo engañaba a los espejos con rápidos movimientos de las manos, de los pies, acelerando al máximo la misión del reflejo. Pero hoy, abatido y confuso, era el espejo el que le engañaba a él, con su imagen copiada, con su luz absurda y prestada. La mercancía era volátil: los sueños, cargados de recuerdos lejanos sobre el blanco ceniciento de los almohadones aletargados. Mientras el olor a fraude recorría las calles  el vendedor de sueños se arrimaba a las aceras y, sin parar, repiqueteaba con su boca un sin fin articulado de sonidos que provenían de los sueños de segunda mano, los que había ido intercambiando por otros nuevos a precio de saldo.  Los más abundantes eran los hechos a máquina, rápidos, económicos y precisos; siempre solía ocurrir que la chica decía que "si" y uno se despertaba feliz, pero en realidad a ella le importaba un rábano el soñador. Otros, los más atractivos, eran los de viajes. El pasado mes, marzo, vendió de estos últimos tres, extensos y fantásticos, casi imaginados. Con esta venta compró un sombrero nuevo de fieltro y cascabeles dorados, el resto se lo llevó el estómago y el muy desagradecido lo rechazó al rato. Eso no está bien, los tiempos no están para esas cosas. Son pocos los días que tienen pan en el calendario de los huérfanos, esos que descienden a la bohemia como refugio vital.
   Resultaba triste verlo sentado, tendiendo a sus pies todo aquel género usado. Alguien, de vez en cuando al pasar, disimulando, se proclamaba autor de buena parte de los relatos soñados sin soñar. !Ay, plagiar¡, hay quien tiene mucho arte con este acto de mezquindad.
   El vendedor de sueños tenía en Somni, ciudad dormida, al cerebro de sus obras, un tal Ruá, un tipo taciturno, gran soñador, que después de soñar todo lo soñable se lo  entregaba a este aprendiz de comercial, que trabajaba al cincuenta por ciento, gastos de conciencia a parte.

   Bueno, a lo que íbamos. Decía que hoy le había puesto precio a la mañana, bien, pues a si es, harto ya de ofrecer el género de Hipnos se borró del gremio de los soñadores y temprano se dispuso a vender la mañana. Todo se vende y se compra , lo que tenemos a mano y lo que no está a nuestro alcance. Andaba la mañana llorosa y fresquita, adjetivos que propiciaron una oferta que pronto se la quitaron de las manos. Una mujer, gordísima y apretada, de mejillas rojizas, se la llevó en una bolsa junto a un manojo de acelgas y un cuadernillo de notas. Y así, como se la llevó, se hizo muy pronto de noche, y esta venía cargada de estrellas que colgaban de lo oscuro como lentejuelas de trajes largos, de gala, negros y brillantes. Vender el traje largo de la noche sería una buena idea, y sin pensarlo dos veces, sin tan siquiera soñarlo porque el único que soñaba era Ruá, cogió unas tijeras y endilgó la prenda. Las mangas de farolillo, en la derecha la Osa Menor y en la izquierda otra constelación, la de Cáncer. Luego la falda que casi se lleva todo el firmamento. El cuerpo entallado, discreto, y media luna sobre un hombro  del que colgaba una larga tira de oscuridad salpicada de anillos de saturno que las veces hacia de fular y otras de cola de cometa. 

   Sobre las once ya no olía a fraude sino a burdel barato, vino tinto y salsa picante que ponía nervioso y violento al que no había probado bocado de hembra o de hambre. Una mujerzuela de aspecto raído pasó cerca de él, sujetando un bolso que parecía más estable que ella. El vendedor de sueños y de mañanas, ahora metido en el negocio del pret-a-porter, le mostró el negro escarchado y como era deslumbrante y muy barato  lo compró aquella mujer. Quitándose sus burdos trapitos, lo cual sabía hacer muy bien sin importarle el lugar, se colgó la noche como traje y se marchó pensando: hoy voy a triunfar. Así perdimos de vista al universo, como cuando amanece y parece que ya no existe, torciendo la esquina de la 23. Nos hemos quedado sin noche, sin estrellas, sin luna de cuento.
   El café Maurice estaba muy animado. !Ya decía yo que olía a vino¡ El vendedor entró y tomo un trago tras otro, pero no bastaba beber y beber toda la noche (que ya no lo era porque la vendió y esa mujer se la llevó) para olvidar su desgraciado trabajo: vendedor de todo, vendedor como todos. Así que cambió su oficio y dejó de vender. Ahora "hacía": hacía gracia con su borrachera y la gente se reía vomitando  fuertes carcajadas que caían sobre la cabeza del vendedor-hacedor. Hacía pompas con el licor de su saliva y las regalaba; hacía jaulas de papel  para vagabundos sin cartones, hacía sonoros pasos hacia la nada,  esa lengua larga que lo atrapaba hacia sus propios sueños convertidos en pesadillas alcohólicas, fatídico mal de los vendedores. Le gustaba hacer y por hacer no olvidó hacerse el muerto.
   El hacedor se quedó tumbado sobre las baldosas que tiritaban al son de los hombres necios. Y Ruá, el olvidado, venido desde muy lejos se acercó y le escribió este sueño,  no para que lo vendiera sino para que lo soñara. Y soñando su espíritu se elevó a la cumbre de los creadores, a la teórica ciencia de la pérdida de conciencia de los que se creen ateos, al espacio-tiempo de los filamentos en el universo que perdimos de vista donde nunca amanece.
    
    Y de tarde en tarde, única parte del día que no estuvo sujeta a la oferta y la demanda, Ruá se sienta y escribe:
     Querido amigo: ... ( para no romper la estructura de la carta).



Christian Schloe, Austria.


   
    

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