viernes, 14 de marzo de 2014

EL ÚLTIMO BAILE


   Han empezado a calmarse los vientos y aún sigo frente al mismo montón de vasos a medio beber. Los botes de color languidecen, chorrean junto a los trapos atestados de aguarrás: cromáticos deseos desgarrados. 
   Sentada en el mismo lugar de la tarde anterior, como si aún estuvieras allí, el negro velo de la noche se ha confeccionado lentamente abarcando de lleno la monstruosa mugre que se instala fuera. Parece que no se desvanece la idea de dormir, un par de horas, pero no es así.
   La tenue luz de la mañana me llama. Mi voz emponzoñada araña palabras de las manos que limpian el polvo austero y rebelde que se engendra en las dudas.La rabia es una herida de sangre blanda, ideas afiladas que se deslizaban sobre las muñecas, virutas de estiércol, un impacto de dolor que inunda las sienes. La media luz se convierte en oscuridad infinita.
   El dulce sabor de la vida debió de ahorcarse en alguna parte de la que no tengo referencia y su lengua ha embadurnado las alcobas con un sentimiento amargo, un sabor enfermo, una fiebre imaginaria que se desplaza lenta hacia el dolor de la espera, un desfile de lirios sobre alambres tristes.
   
   Nunca fuímos a las plazas ni nos mojamos la piel en los surtidores. Allí solo había masas perfiladas en gris mohoso y alientos ambiguos, coreografías falsas. No nos hicieron falta para bailar hasta perder el sentidoPero el último baile no hizo más que empezar y una triste melodía  nos alejó del compás. Fue entonces cuando el aire, perturbado, se declaró vendaval.  


Tomasz  Alen Kopera, Polonia 1976.

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